Siglo XXVI. La tecnología ha alcanzado niveles difíciles de imaginar en siglos anteriores. Pero el regreso del módulo de investigación ZIOX12-rc desde los restos del planeta Gliese 581G marcó el inicio de lo que se viene conociendo como Siglo de Ununoctio, el declive de toda civilización conocida. Entre el material llegado, una nueva forma de vida nanocelular causante de la mayor epidemia de zombies que haya asolado el planeta. Dos de los tres macrocontinentes ya han sido infectados, y la única esperanza de los supervivientes es obtener respuesta al siguiente mensaje, enviado a un pasado alternativo mediante el materializador de flujo espacio-temporal paralelo, aún en fase beta.

Lázaro, sabemos que fuiste el único superviviente de la plaga zombie que tuvo el siglo XVI en una dimensión paralela. Pese a unos comienzos difíciles y peligrosos conseguiste asentarte entre los zombies. Necesitamos preguntarte cómo lo hiciste sin ser devorado ni convertido en uno. Lázaro, escríbenos tu respuesta en unas cuantas líneas -¡esmérate, Lázaro!- para que recibamos el mensaje. (Atiende a cuestiones que ya te sonarán como son autobiografía ficticia y narración epistolar)


Firmado:
Departamento de Urgente Auxilio Interdimensional

LAZARILLO_ZOMBIE.jpg

EJEMPLO DE RESPUESTA:

Pues a mí me llaman Lázaro de Tormes, el superviviente de la mayor invasión zombie de la historia, o al menos que yo diga conocer. Para responder a su carta del futuro les escribiré cómo fue el asunto, pero empezando por el principio: muchos trabajos tuve hasta dar con un amo, cuyos hábitos -he de decir- me resultaron un tanto extraños. Acostumbraba mi amo a resguardarse del sol de día para salir a buscar comida por las noches, llegando de madrugada con ropas y rostro manchados, a mi entender, juraría que de sangre. Largos tenía los dientes y pocas debían de ser sus encías, sus uñas y su pelo, pues yo nada de ello vi.
No callaré el contar a Vuestras Mercedes que el pobre sufría de hambre, como yo, ya que en alguna ocasión intentó morderme. Decidí dejarle una tarde en que de repente despertó y me dijo:

- Lazarillo, qué fresco te ves. Toma este dinero y tráeme un jarrillo de sangre. O, mejor, déjame que te muerda una mano...

- Sí, claro, sí... -le respondí sin atreverme a tomar las monedas, por no darle yo oportunidad para él a mí bocado-, pero venid por aquí, amo, que estaréis más agusto mordiéndome en esta otra habitación...

Y como habría de pasar delante de la puerta principal, aproveché para empujarle al exterior. Si bien yo sólo quería ponerme a resguardo de sus dientes, pude comprobar que su carne se desvaneció al contacto con los últimos rayos de sol.

Entendí de aquello que no era hombre de bien, sino muerto que bien andaba. Por ello y por otras cosillas que me callo, aprendí a hacer frente a la plaga de los que mal se asentaban en la otra vida. Y así tan honradamente se lo escribo a Vuestras Mercedes, siendo yo ejemplo de ello y hombre único en fortuna, aunque digan por ahí no sé qué de si me ven con heridas y de si mi mujer no sale de casa de día y da algún que otro rugido por las noches.








Ángel Peinado Jaro